El mundo cósmico: sus principios


El mundo cósmico: sus principios


Dios ha creado el cosmos, lo cósmico, el mundo cósmico, los Cielos (Gn1,1), que en griego (ouranós) significa el orden del universo, lo que está en la cima, y en hebreo (shâmayim) toma el significado de lo que está alto, lo que es elevado, lo noble, lo perfecto en el ser.

Dios crea el mundo cósmico, la Creación invisible, para los seres inteligentes, que son de tres clases diferentes: los espíritus puros, los seres cósmicos y las almas.

Para estos seres es necesario un espacio espiritual, que son las Dimensiones, las cuales no están en ningún espacio físico, material, extenso, ni son temporales, sino que están en lo profundo, en el abismo (Gn 1, 2) (tehôm) de los Cielos. Los Cielos son las Dimensiones, son lo profundo del Universo. Las Dimensiones son invisibles a los hombres que están limitados por el pecado original. Si el hombre tuviera la vista no manipulada, originaria, vería estas Dimensiones, como las han visto algunos Santos. Ver las Dimensiones no es propio de los santos. Era natural para el hombre en su origen. Ahora, es natural no verlas. Para verlas es necesario saber usar la Gracia, vivir en Gracia. También se pueden ver e ir a esas Dimensiones por el camino equivocado, el que da el demonio con su falsa espiritualidad, que los ufólogos e “insiders” conocen bien. Cada una de las Dimensiones representa el estado evolutivo de la conciencia del ser que ha hecho conocimiento de sí.

Dios crea la existencia de los seres y las esencias de ellos.

Dios crea el principio de la vida, por el cual se tiene la existencia en el ser. Sin este principio de la vida, no hay Universo, ni invisible ni visible.

Un átomo, un espíritu, un ser cósmico, un alma tiene un principio de vida, que lo sustenta en el ser, que la da la existencia. Sin este principio de vida, sin la existencia en el ser, no es posible que una criatura sea, tenga esencia o substancia.

Dios, antes de crear el Universo como es conocido, antes de la Creación visible, crea lo perfecto del Universo. No crea ningún planeta, ni astros, ni estrellas, ni galaxias, etc…. Crea el origen de la vida que se va a dar en todo el Universo, pues el Universo es vida. La vida viene del ser inteligente. Por eso, Dios al hombre, varón y hembra, le ha dado la vida en sus órganos sexuales para que produzca la vida.

El Universo no es material, ni energético, ni espiritual. Es Vida.

Y la vida es un acto de Amor. En la multiplicación del Amor está el secreto de la Vida. Donde no hay Amor no es posible la Vida.

El amor que se señala aquí es el amor que está en Dios, no el amor que los hombres conocen en la tierra. El amor humano, lo que se llama amor entre los hombres, es sólo una palabra vacía, un sentimiento amorfo, una obra en la que entra la soberbia y el orgullo del hombre para contaminar la obra que debería nacer de las profundidades de Dios.

Donde no hay vida, no hay amor. Y, por eso, cuando los hombres manipulan la vida, en la fecundación artificial, producen una ciencia perversa, una obra de muerte, que lleva a la humanidad a su involución, sin posibilidad de retorno.

Cuando hombres y mujeres hacen negocio con sus espermas y óvulos, que son seres vivos, no materia biológica, entonces se convierten en las marionetas de los nuevos amos del Universo, que han creado este modelo de tierra para subvertirla y hacer que desaparezca todo rastro de condición de vida, que Dios había puesto cuando la creó.

Entender cómo Dios creó el Universo es muy sencillo. La mayoría de los hombres no lo comprenden, porque hacen caso a las teorías de los científicos que quieren interpretar lo que ven, lo que estudian, lo que obtienen con sus datos científicos, de una manera complicada y con un lenguaje selectivo, sólo apto para el que entienda ese lenguaje.

Como a la mayoría de las personas no les gusta pensar, –porque contemplamos una humanidad amuermada, beoda, borracha de sus ideas, de sus lenguajes, de sus conquistas, de sus sentimientos, de sus obras–, sino que prefieren que otros les den todo hecho, por eso, se adaptan a esas interpretaciones de los científicos y las toman como verdaderas. Y son todas falaces, engañosas, hechas para manipular la mente de los hombres.

Dios ha creado el mundo cósmico. Para que la esencia de este mundo cósmico sea lo que es, es necesario crear la esencia del éter, la cual se compone de átomos. Y, por lo tanto, es necesario antes crear el átomo, como elemento primordial en todo el Universo. Y, con el átomo, el agua, el mar, que es una Dimensión. Ahí viven seres espirituales, seres del mundo cósmico, de los Cielos, de lo profundo del Universo. Seres que, en el agua, se mueven de Dimensión en Dimensión.

El agua preexiste antes que todos los planetas. Preexiste junto al Planeta Tierra. La teología católica dice lo contrario: puesto que no había nada, Dios hizo los cielos y la tierra, es decir, la totalidad de las cosas totalmente, sus esencias, no sólo la existencia de ellas. La teología católica se desmarca así de lo que pensaban los antiguos filósofos griegos, que veían en el agua el principio de la vida, aunque esos filósofos defendieran una materia que no había sido hecha por Dios. Son muchos los teólogos que a costa de defender el dogma de la creación de la nada van en contra de la creación de una serie de elementos primordiales para formar el Universo. Se aferran, en su soberbia, tanto al dogma de la creación de la nada, que razonan que no pueden preexistir estos elementos primordiales, esta materia prima, antes que el Universo, porque consideran el Universo como un todo material, un conjunto de cosas que tienen que existir al mismo tiempo para llamar a eso Universo.

La vida entera tiene su origen en las aguas. El inicio de la vida comenzó en el agua. Y en esa vida, las criaturas: los espíritus, los seres cósmicos, las almas. El agua está, en el principio, en las Dimensiones, como estará en todos los Planetas. Por eso, está el Espíritu revoloteando (râchaph) sobre la superficie de las aguas, porque va a ser el que da la forma, la Vida, al Universo.

En el agua está el inicio de la vida inteligente. El feto en el vientre de la madre está en el agua, en el líquido amniótico. Ahí tiene su origen, dentro del agua.

Dios crea de la nada los elementos primordiales y el Planeta Tierra. Y eso es el mundo cósmico, la Creación invisible. Y en el centro, coloca el Planeta Tierra mirando la faz de ese mundo cósmico, de ese abismo. Después, formará en los seis Días, lo demás de la creación visible.

Dios ha creado el éter. No existe el vacío, término empleado por los científicos para ocultar la realidad que ven y, en muchos de ellos, para manifestar su gran ignorancia.

Existe el éter, no como algo material, físico, extenso, como describe cierta filosofía y teología católica, sino como algo vivo, un elemento vivo por el cual se viaja en el Universo.

Los rayos cósmicos que los científicos descubren en el Universo, saliendo y entrando del núcleo de la Tierra, a través de sus polos, son sólo energía, filamentos de átomos, que forman vías cósmicas, por las cuales los seres inteligentes viajan en cualquier dirección precisa y lineal, de Planeta en Planeta, puesto que los Planetas no se mueven en el Universo, están fijos, estacionarios en el lugar destinado por Dios para toda la eternidad. Las teorías heliocéntrica y geocéntrica son sólo eso: teorías que no tienen fundamento en la realidad.

El éter, para los científicos no existe. Sólo existe el vacío y, por lo tanto, quieren explicar los movimientos en el Universo a través de fuerzas energéticas, que vienen del sol, de las estrellas, de las profundidades de las galaxias, etc…

El éter es energía potencial. Está lleno de vías cósmicas, de autopistas en los Cielos

Dios crea el átomo como energía en todo el Universo. Una energía es una fuerza, un poder. Y, según se use esa fuerza, se obra de una manera o de otra en el Universo.

Pero no hay que caer en el atomismo, que es lo que los científicos suelen predicar en sus investigaciones, en sus discursos.

Ellos dicen que lo que constituye realmente el Universo, su tronco, su columna vertebral, es la energía. Y, por lo tanto, la materia va a perder su esencia, su individualidad, y se va a transformar, va a evolucionar, hacia una condición energética. Todos los seres son energía, luz. Y nada más. –Eso es la New Age. Eso es lo que están en boca de todos los ufólogos–. Y el Universo, para los científicos, evoluciona hacia esa condición energética. Ellos dicen que la esencia del Universo no es nada más que un aglomerado de energías, las cuales, son, en ellas mismas, intangibles.

El Universo no es un conjunto de energías, sino un ser vivo, algo vital, una forma de vida porque es una forma de existencia. Y ese ser vivo tiene muchas energías, átomos, moléculas, células, minerales, etc… que están ahí, pero que se diferencian con la esencia propia del Universo.

Cada ser que tiene existencia, que está sustentado por la vida, por el principio de vida, tiene una esencia que es suya propia y que no hay que confundir con las demás esencias de los otros seres.

Así existe el átomo, con su esencia propia, que es la energía, el electrón que gira alrededor del protón, en su núcleo. Y el átomo transformado se va a encontrar en el espíritu, en el ser cósmico, en el alma, en el éter, en los diferentes planetas, en los cuerpos de las criaturas, etc… Pero estar en ellos no va a constituir la esencia de ellos. Una es la esencia del átomo, otra es la esencia del ser que no es átomo.

Así el alma tiene su esencia, que es muy simple, espiritual. Pero para que el alma cumpla su función, que es unirse a un cuerpo físico, el cual está formado de átomos, moléculas, células, etc., que dan vida a ese cuerpo, necesita un modo de unión entre el alma y el cuerpo. Por eso, toda alama posee un cuerpo de luz, que está formado por átomos, por energía transformada, multiplicada, que produce luz. Y, con ese cuerpo de luz el alma se une con el cuerpo físico. Sin ese cuerpo de luz al alma le sería imposible unirse a un cuerpo físico, cuya esencia es el polvo transformado de la tierra, en donde hay átomos y minerales. ¿Cómo se hace la unión entre lo espiritual y lo material? Lo espiritual tiene que participar de lo material, y lo material de lo espiritual. Tienen que ser compatibles. Si lo material rechaza lo espiritual, entonces es imposible la unión. Por eso, ¿qué es la esencia de un alma? ¿Qué es la esencia de un espíritu?

El alma no es energía, pero interactúa con la energía, la somete, y la lleva en sí para poder unirse a la energía propia del cuerpo físico.

Un espíritu no está ordenado a un cuerpo físico, pero no sólo puede poseerlo, obsesionarlo, etc…, como hacen los demonios, sino que también se pueden encarnar en ellos. Y, para eso, necesitan participar, en algún grado, de la esencia del cuerpo, para poder unirse a él.

Y los seres cósmicos que interactúan con el átomo, que son energía transformada, multiplicada, que poseen un cuerpo invisible, atomizado, pero que se puede materializar, hacerse visible, a través de su pensamiento, de su intención, usando la energía, las frecuencias, para modificar su forma de vida.

Una cosa es la existencia de los seres, otra sus esencias, todas distintas.

Si no se comprende esto, entonces se cae en el evolucionismo, que tanto gusta al mundo y a los fieles católicos.

No hay evolución posible en las esencias de los seres creados por Dios. Cada esencia es diferente y perfecta. Cada ser es lo que es, lo que Dios ha concebido para él. Y no puede evolucionar hacia otra esencia, no puede cambiar, mutar de ser.

Lo que sí puede hacer un ser es cambiar de forma de vida, pero no cambiar su esencia, no lo que es.

Así un alma está en un cuerpo físico que no es suyo, el cuerpo que viene del pecado original, un cuerpo hibridado. El alma forma, con este cuerpo, una esencia, el ser humano. Una esencia distinta a la propia del alma y del cuerpo. Pero el alma vive una forma de vida que no es la que Dios ha querido para ella. El alma está en una forma de vida, pero sigue siendo lo que es, no cambia su esencia. En esa forma de vida, el alma tiene que evolucionar en su conciencia para pasar a otra forma de vida, a otra Dimensión.

Un átomo es un ser vivo, no es una sustancia química.

La química, como la comprende el hombre, es un reduccionismo del átomo y de los minerales de la tierra. Es ciencia reducida, limitada, e inservible para dar salud a los cuerpos de las personas. La medicina actual, basada en la química de laboratorio, sólo mata cuerpos y hace negocio con esa muerte. Y la gente compra ese negocio, porque los médicos se han dedicado a manipular la mente de las personas y ofrecerles una estructura de salud que no sirve para lograr el objetivo primordial, que es sanar las enfermedades. La medicina que realmente cura es la basada en lo que Dios ha creado: la energía transformada, multiplicada, que está en el sol, en las plantas, y el polvo de la tierra, los minerales. Sin esto, no hay salud en ningún sentido.

Dios crea el átomo, su esencia. Pero el átomo está en la existencia porque está sostenido por la vida, tiene un principio de vida, que lo conecta con Dios. No se sostiene por sí mismo, pero se mueve por sí mismo. No es intangible, se puede tocar, transformar.

La vida es movimiento, como decían los antiguos filósofos. Donde hay movimiento, hay vida. Una roca no se mueve por sí misma. Un coche no se mueve por sí mismo. No tienen vida, no son seres vivos. La Tierra se mueve por sí misma, el átomo de igual manera, el agua es vida, porque es movimiento por sí mismo.

El problema de la filosofía es centrar la vida en la inteligencia. Y, por lo tanto, si el ser tiene un conocimiento intelectual, racional, entonces tiene un alma inteligente. Si el ser posee un conocimiento sensible, entonces a ese conocimiento se le llama alma sensitiva. Si el ser tiene un conocimiento vegetativo, entones a ese conocimiento se le nombra como alma vegetativa.  Y, así, para la filosofía, los seres que están vivos son los que tienen un tipo de conocimiento, un modo de conocer. Y así enumeran las plantas, los animales y las almas como los únicos seres vivos, porque poseen un alma que conoce de alguna manera. Los demás seres no están vivos, sino que son un conglomerado de cosas, forman un uno per accidens, una materia, un cuerpo, pero donde no anida la vida, porque no hay un modo de inteligencia. No tienen alma, no tienen conocimiento. Y no pueden tenerlo para estos pensadores.

Esta forma arcaica y vieja de contemplar la vida produce ver el Universo como algo material, lleno de cosas materiales, que se mueven por fuerzas desconocidas, que no se saben de dónde vienen y a dónde van. Y así es complicado observar y conocer el Universo, porque la gente se pregunta quién mueve realmente ese Universo, dónde está la vida en ese Universo, para qué sirve ese Universo. Y no hallan la respuesta en los científicos, porque éstos son los que menos entienden del Universo.

La vida no hay que ponerla en la inteligencia. Un hombre no es su inteligencia. Un hombre es su obra. Es un grave error, propio de todos los hombres, por su condición limitada en la tierra fijar la vida en el pensar, en el conocer. El pienso, luego existo es una aberración intelectual. La vida no es pensar, no es apoyarse en una idea, en un lenguaje. No es seguir una filosofía o una teología. No es comprender ni respetar lo que otros piensan. Quien posee inteligencia no significa que esté vivo, que entienda la vida, que obre en la vida aquello para lo cual ha sido creado. Cuántas personas inteligentes no han encontrado el sentido a sus vidas, el porqué de sus existencias.

La vida es un amor. Y el amor es la obra de una verdad. El amor no es una idea, no nace de la mente del hombre. Por más que discurra un hombre en su mente no tiene más amor, no alcanza el amor, no lo encuentra. El amor nace del interior del ser, de su corazón, que no está gobernado por la mente, sino por el Espíritu.

Dios ha creado cada ser, su esencia, para una verdad que tiene que realizar en su vida. Y esa verdad colma al ser. Y no obrar esa verdad produce que el ser viva de una manera errante buscando satisfacer el deseo de dar sentido a su vida.

Muchos hombres son errantes en la vida. Van de aquí para allá buscando saber, queriendo encontrar eso que satisfaga su curiosidad, que dé sentido, que llene su diario vivir, su rutina de cada día. Y no lo encuentran, porque no se dirigen hacia Dios, que es el que indica la obra que tiene que realizar ese ser para ser lo que fue creado.

La vida es un amor. Y en la multiplicación del amor, obrando la verdad, las muchas verdades que están en Dios, se produce la vida.

Dios obrando, por amor, en el átomo, obrando la verdad que encuentra en ese átomo, crea el éter, y las Dimensiones, y los seres inteligentes en esas Dimensiones. Crea la vida obrando la verdad de las esencias que ha creado. Y pone vida en el Universo: el mundo cósmico. Y es una vida ordenada, noble, perfecta, inteligente, que usa su inteligencia para obrar, que va a tener la misión de administrar todo el Universo material, el cual va a formar de la substancia de la Tierra, que es el polvo, lleno de minerales, de energía atómica transformada, multiplicada.

El espíritu, como ser inteligente, –los ángeles y toda su Jerarquía-, es el que va a ayudar a las almas en su obra con los cuerpos físicos en la Tierra. Es el servicio del espíritu para que el alma encarnada, el hombre, realice la obra, esa verdad que Dios ha encomendado a cada alma en el Universo.

El ser cósmico es aquel destinado a regir los poderes del Universo, todas las fuerzas energéticas que se encuentran en todo el Universo. Están en todas las vías cósmicas, en el éter, y ponen límites a la acción de los diversos seres en su obrar en el cosmos.

Las almas son lo más preciado por Dios, porque son el culmen de toda su obra en el Universo. Son las que llevan a cabo la Voluntad de Dios en todo el Universo, una Voluntad que deben realizar exclusivamente a través del sexo. Ni los espíritus ni los seres cósmicos tienen sexo, obra sexual. Las almas, sí. Y, por eso, Dios las creó gemelas, un matrimonio en el mundo cósmico, que se dividen, como una célula se divide, para obrar en el mundo físico, a través de la unión de sus sexos, la verdad a la cual han sido llamadas.

El sexo es algo espiritual, no es materia, no es biológico. Es una vida que manifiesta otra vida, para llamar a otra vida, para crear vida. Y es una vida para portar la Inteligencia Divina. Son pocos los hombres que usan su sexo en Dios. Todos usan sus sexos en ellos mismos, buscando una obra que no les lleva a la verdadera vida.

Lo primero que Dios crea es el principio de la vida, la existencia del Universo. Una vez creado este principio, comienza a crear la esencia del átomo, la energía. Del átomo proviene todo lo demás: moléculas, células, tejidos, órganos, los organismos vivos, que están en todo el Universo. Crea el éter como sistema planetario, como vía cósmica. Y crea las Dimensiones, los espacios cósmicos o espirituales que van a habitar, la forma de vida, de los diversos seres inteligentes, nobles, perfectos, que se van a dedicar a gobernar el Universo. Crea cada ser en su esencia. Y crea la Tierra. Sólo la Tierra, con su substancia, el polvo, lleno de minerales. La Tierra todavía está sin forma y vacía, como dice el texto hebreo. Falta hacerla útil para el hombre. Mientras no haya sol, habrá oscuridad sobre la faz de las Dimensiones. Pero el Espíritu va a ser el encargado de modelar la Obra de Dios, de producir el Universo, de darle la forma de la vida. El Espíritu, no la energía de los átomos, no los seres inteligentes ya creados y que ya obran en el mundo cósmico, aunque no existan todavía los planetas.

Y Dios no va a crear nada más en este principio de la vida del Universo, que es el mundo cósmico. Dios se toma su tiempo. No se puede calcular con la mente del hombre, con sus métodos científicos, qué tiempo ha transcurrido desde este principio del Universo con la Creación Invisible, porque Dios no crea en el tiempo sino en la eternidad, en el tiempo no tiempo, en el espacio sin tiempo, en el tiempo sin espacio.