El valor divino de un alma


El valor divino de un alma

No a la pena de muerte. No al aborto. No a la eutanasia


«Si alguien matare a Caín será siete veces vengado» (Gn 4, 15).

Caín fue un hijo de hombre, un alma en una carne hibridada, el cual fue el primero en dar muerte a un hijo de Dios, a Abel. Desde entonces hasta hoy, a causa del pecado original, los asesinos son incontables, porque el pecado se repite siempre por el hombre.

Dios no le quitó la vida a Caín por el hecho de haber matado a Abel. Dios conocía todo el mal que iba a provenir de Caín, de su raza maldita. Dios no quería la humanidad que iba a venir Caín, no era Su Voluntad, no estaba en Su Plan originario, pero la permitió.

Y la razón de este Permiso Divino a la obra de Caín, en el mundo y en el Universo, es porque Caín es un alma creada por Dios.Y el valor de la vida de un alma es superior a toda obra que el alma haga con su cuerpo.

Caín había elegido encarnarse en ese tiempo concreto y para obrar una misión que Dios le había dado. Caín era un alma libre. Y Dios no quita la libertad del alma. Y, además, no suprime la obra de esa alma en su cuerpo, porque el alma está ordenada a un cuerpo, ha sido creada para formar el ser humano, encarnándose en un cuerpo humano. El alma, si ha elegido encarnarse, su vida será para siempre en ese cuerpo en que se encarna. Ese cuerpo va a definir los destinos de la vida de esa alma. Y todo cuanto haga el alma con su cuerpo no se puede quitar ni suprimir, porque el alma tiene derecho a obrar con el cuerpo para definir su existencia. Y derecho absoluto, porque sólo las almas pueden encarnarse para formar los hijos de Dios.

No así un ser biológico, un hombre sin alma, un espíritu en una carne, porque el espíritu no está ordenado a un cuerpo, no tiene que definir su vida en relación a un cuerpo. No tiene la misión de formar una humanidad. Sin embargo, el espíritu, en su libertad, puede encarnarse y obrar con un cuerpo, o con otros si se reencarna. Pero el espíritu estará limitado en su obrar en el cuerpo, porque su vida no es en el cuerpo, sino que se define sin el cuerpo. El cuerpo asumido por el espíritu sólo agrava más el pecado de ese espíritu, no le da derechos en la vida.

Dios no ha quitado la vida a Caín porque el alma de Caín tiene derecho a obrar con su cuerpo. Y derecho absoluto, porque el alma está ordenada a su cuerpo. Y, aunque obre un pecado, Dios no suprime su vida, porque es una vida intangible, es la vida que da sentido a esa alma. Es la vida que el alma ha elegido para siempre, con plena lucidez, con total libertad y con la aprobación de Dios. Dios no quita la vida a Caín por el valor divino de su alma, no por la dignidad del hombre. La dignidad humana viene del valor divino del alma. Un hombre no es digno si no tiene alma.

El hombre, con sus leyes, con sus filosofías, con sus teologías, ha dividido el mundo en dos: el bien y el mal; los buenos y los malos. Y no ha comprendido la Palabra de Dios, sino que ha seguido sus muchas interpretaciones, que son todas erróneas.

Santo Tomás aplica el principio del todo y las partes, es decir, cuando la muerte del hombre malo indica una seguridad y protección para los buenos, entonces es lícito que la Autoridad competente quite la vida de aquellos:

«Según se ha expuesto (a. 1), es lícito matar a los animales brutos en cuanto se ordenan por naturaleza al uso de los hombres, como lo imperfecto se ordena a lo perfecto. Pues toda parte se ordena al todo como lo imperfecto a lo perfecto, y por ello cada parte existe naturalmente para el todo. Así, vemos que, si fuera necesario a la salud de todo el cuerpo humano la amputación de algún miembro, por ejemplo, si está podrido y puede infeccionar a los demás, tal amputación sería laudable y saludable. Pues bien, cada persona singular se compara a toda la comunidad como la parte al todo; y, por lo tanto, si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, laudable y saludablemente se le quita la vida para la conservación del bien común; pues, como afirma San Pablo, un poco de levadura corrompe toda la masa» (II-II, q. 64, a. 2).

Esta forma de pensar va en contra de la misma Palabra de Dios.

Los animales no son imperfectos y no se ordenan al uso del hombre. Poder matar un animal es por un mandato divino después de las consecuencias del pecado original: «Cuanto vive y se mueve os servirá de alimento… Solamente os abstendréis de comer carne con su sangre» (Gn 9, 3-4). Por la manipulación del ADN de la carne del hombre éste está obligado a comer carne, a convertirse en un carnívoro, a despreciar la planta como alimento esencial para su vida en la carne: se ha convertido en un hombre carnal que lucha contra todo lo espiritual, es decir, que lucha contra sí mismo. El hombre esta ligado a esto, pero no es una atadura absoluta. Puede enseñar a su carne manipulada a comer sólo las plantas y a ir dejando la carne como alimento, «pues no es la comida la que nos hace aceptos a Dios, y ni por absternernos ni por comer abundantemente» (1 Cor 8, 8)

Caín iba a traer al mundo inseguridad y desprotección por todos lados. Y Dios no veló por el bien común de la humanidad, porque ese bien común no existe cuando reina el pecado. Sólo existe en un mundo sin pecado, sin mal. Las personas que se dedican a distinguir entre el bien común y el bien privado, siempre van a caer en un totalitarismo, de la clase que sea, ya de derechas, ya de izquierdas. O exaltan la propiedad privada, la ponen por encima del bien común, de la comunidad, de la familia, de la sociedad; o exaltan el bien común, la comunidad está por encima del bien privado. El mundo y sus políticas giran en torno a esta dualidad. Y las dos son erróneas e incapaces de traer seguridad y protección a ningún hombre y a ninguna comunidad.

Santo Tomás llega a decir que matar al hombre pecador puede ser bueno, si se ha convertido en peor que las bestias:

«El hombre, al pecar, se separa del orden de la razón y por ello decae en su dignidad humana, que estriba en ser el hombre naturalmente libre y existente por sí mismo; y húndese, en cierta forma, en la esclavitud de las bestias, de modo que puede disponerse de él para utilidad de los demás, según aquel texto del Salmista: El hombre, cuando se alzaba en su esplendor, no lo entendió; se ha hecho comparable a las bestias insensatas y es semejante a ellas; y en otra parte: El que es necio servirá al sabio. Por consiguiente, aunque matar al hombre que conserva su dignidad sea en sí malo, sin embargo, matar al hombre pecador puede ser bueno, como matar una bestia, pues, peor es el hombre malo que la bestia, y causa de más daño, como dice Aristóteles» (Ibld., ad lum, ad 2um y ad 3um).

Caín se convirtió en una bestia: vivió como una bestia, se unió sexualmente con todas las bestias, y Dios no lo mató. Caín decayó de su dignidad humana, es decir, involucionó. Caín se separó del orden de la razón humana y se convirtió en un ser monstruoso, pero Dios no lo mató, porque Caín no era una bestia, sino un hombre con un alma: «Puso Dios a Caín una señal para que nadie que le encontrase le matase» (Gn 4, 15). La señal es la palabra humana. Caín, pareciéndose a un bestia en lo exterior, sin embargo, hablaba como un hombre, porque tenía alma, que da la capacidad de razonar y de hablar. Y Caín tiene el derecho de obrar con su cuerpo lo que elija. Tiene libertad de convertirse en una bestia con su cuerpo. Y Dios respeta ese derecho y esa libertad. Y, por lo tanto, nadie puede quitar la vida de un hombre, aunque haga todo el mal que se le ocurra hacer.

Santo Tomás cae en este error porque no entiende el pecado original. No es capaz de discernir los diferentes hombres que existen en el planeta tierra: quién es un hijo de Dios y quién es un hijo de hombre. Tampoco podrá discernir la existencia de los seres biológicos, ya que para él todos los hombres tienen alma. Es imposible que un espíritu se encarne.

En la Ley de Dios nadie tiene derecho de matar a Caín, es decir, de matar a un hombre con alma.

Y entonces, ¿cómo se explica, por ejemplo, la muerte de Holofernes por mano de Judit?

No se puede explicar como lo hace la teología: es que en el Antiguo Testamento las cosas se hacían así, no era el tiempo de la Gracia y se permitían. Ahora, estamos en el Nuevo Testamento. Estas explicaciones son vanas y vacías.

Hay que ir a la raíz de la cuestión.

Si por ley divina no se puede quitar la vida de un hombre con alma, entonces cuando Dios manda matar a los enemigos del Pueblo elegido, hay que considerar que esos hombres que mueren son hombres sin alma, son seres biológicos, razas alienígenas, son espíritus en una carne, porque Dios no puede ir contra su misma Ley.

Esos hombres son espíritus que tienen libertad de elección: pueden elegir encarnarse en contra del mandato divino. Son libres, también, en esa carne para obrar lo que quieran. Pero su libertad no es total, como la que tiene un alma, sino limitada por el Poder de Dios. Y Dios puede ordenar matar a esos seres biológicos, porque no tienen el derecho de estar en un cuerpo, no están ordenados a un cuerpo. No es, pues, un derecho absoluto, como en el alma, y se puede limitar, condicionar por Dios. Y, por lo tanto, con esa muerte, se limita la libertad de obrar de ese espíritu en la carne. Y no se hace agravio a la libertad del espíritu, ya que el medio que ha elegido para obrar no le pertenece, no tiene derecho absoluto a ese medio, a permanecer en ese medio. Y Dios, de esta forma, destruye la obra del demonio en la carne, matando a esos seres sin alma. De otra manera, no se puede destruir esa obra demoniaca y el plan de Dios sobre la humanidad nunca retornaría a su origen.

Pero Dios tiene que revelar al alma, que va a quitar la vida de ese hombre, que es un hombre sin alma, que es un espíritu en una carne, un ser biológico, para que el alma pueda hacerlo, como lo hizo Judit, sin pecado. La Justicia de Dios es siempre con conocimiento, nunca es a ciegas. Holofernes era un hombre sin alma, un ser biológico. Como él muchísimos más, porque desde el pecado original la tierra está inundada de hombres sin alma, que son híbridos espiritualmente abyectos, que viven de la sangre, viven carnalmente, viven para matar, para llenar de sangre este mundo.

Por lo tanto, las guerras son todas injustas, pecaminosas, porque la sangre atrae más sangre y siempre los países terminarán exterminándose unos a otros, siguiendo ideas tan falaces como el bien común, la seguridad económica o el bienestar de la sociedad.

El aborto y la eutanasia son sólo formas de pena de muerte acomodadas al estilo de vida de los hombres. Los hombres deciden a quién matar, quién viene a la vida. Se toman la justicia por su mano basada sólo en su soberbia y en sus inicuas leyes.

La vida del hombre sólo le pertenece a Dios. Hasta el más pecador de los hombres puede convertirse al final de su vida. Y entonces quien lo matara estaría en el infierno junto a él.

Dios respeta la libertad de cada alma. Deja actuar. Los hombres no respetan la libertad de nadie, e imponen siempre su ideología, su totalitarismo, su forma de estar en la sociedad, una forma acomodada a su riqueza, a su bienestar, a sus juicios.

Si Dios siguiese los juicios malos y vanos de los hombres habría aniquilado a todos los hombres desde el comienzo. Pero Dios ve en el hombre su alma. Y lo que vale la vida de esa alma a los ojos divinos es suficiente para mantenerla con vida, aunque eso suponga el desorden más feroz en todo el Universo y en el planeta Tierra, como ha sido así durante 50 millones de años.

Una sociedad segura y protegida no se levanta con razonamientos humanos ni con sus leyes. Para contener las obras de aquellos que hacen el mal hay muchas penas que se pueden aplicar. Pero nunca llegar a la pena de muerte. Esa pena no está en Dios. Satanás la ha inventado y el hombre la ha aceptado como algo venido de Dios. En Nombre de Dios se han hecho tantas barbaridades que los hombres creen que todo vale con tal de quitar el mal en este mundo. La raíz del mal está en lo espiritual. Y ningun pensamiento humano ni ninguna ley humana tienen poder para quitar esa raíz. Al revés, si los hombres siguen decidiendo quién es bueno y quién es el malo sólo van a lograr más sangre regada por todas partes.

3 Replies to “El valor divino de un alma”

  1. Usted tiene las respuestas, yo sólo hago las preguntas, disculpe la mente curiosa y gracias por responder y que Dios me libre de ponerme en su lugar.

    1. Para estar en contra de la pena de muerte no hay que seguir ni ser de ningún movimiento, sino de ser fiel a la Palabra de Dios. Esto no lo hace ni la Iglesia ni los católicos, porque los católicos creen que hay que seguir el magisterio de la Iglesia en todo. Y el Catecismo de la Iglesia en su número 2267, aprueba la pena de muerte: “La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas…”. Y esto lo tienen como dogma la mayoría de los católicos. Y los católicos, como son fáciles de manipular, defienden a la Iglesia, a la Jerarquía, al Mgisterio, pero no defienden la Palabra de Dios, no defienden a Cristo, que es la Verdad que está por encima del Magisterio de la Iglesia. Como los católicos no saben discernir los diferentes magisterios que hay en la Iglesia, entonces se tragan todo lo que se enseña oficialmente. Y, claro, defienden las Cruzadas y la Inquisición como una Justicia Divina, como un dogma, como algo que Dios aprueba. Y son muchos los católicos que quieren que vuelva la Inquisición, para quitar de en medio a tantos herejes y cismáticos, como enseña Santo Tomás. La pena de muerte no es una cuestión dogmática, no se trata del desarrollo dogmático del dogma para que ahora el usurpador haga negocio diciendo que la pena de muerte es inadmisible. Se trata de buscar la Verdad. Y los católicos han dejado de buscarla hace mucho tiempo. Y se van acomodando a los tiempos, a las circunstancias, al curso de la historia, al desarrollo de las civilizaciones, a tantas tonterías y estupideces, porque carecen de vida espiritual. Los católicos son sólo hombres que piensan como los hombres, pero no piensan como hijos de Dios.

    2. ¿Cómo desaparecerán todos esos seres abyectos espiritualmente? Es una pregunta que revela que su mente quiere ponerse en el lugar de Dios para solucionar el problema. Esto es propio de las mentes curiosas, que todo lo quieren medir con su inteligencia. Todo lo quieren tener seguro y no saben dejar a Dios la solución de este galimatías. ¿Para qué cree que es el Aviso y el Castigo? ¿Cree que es sólo un cuestión de purificación y de sanación medicinal? Hay que destruir la luna artificial para que los seres, que están dentro de la Tierra y en su superficie, puedan salir a otra dimensión y queden allí atados. ¿Qué cree que significa que dos estarán en una cama y uno será dejado y otro arrebatado? Hay que salvar a las almas, no a los seres biológicos, para dar inicio al Milenio. Las astronaves de Dios están esperando este momento. También hay astronaves del demonio para recoger a los suyos, a sus almas que se dejan engañar por todos los ufólogos. El Planeta Tierra tiene que ser purificado, transformado, para que vuelva a su origen, para que sea de nuevo el planeta más bello de toda la Creación. ¿Y cómo cree que se hará esto? Usted no lo sabe ni tampoco le debe importar. No es su misión hacer que las cosas vuelvan a su origen. Preocúpese de su misión, no de estas cosas.

  2. Por eso el movimiento de Conchiglia está en contra de la pena capital. Pero surge una cuestión, y es cómo se dará el reino del milenio si no desaparecen todos los seres con aspecto humano sin alma que habitan el planeta tierra?