La falsa ciencia en el mundo


La falsa ciencia en el mundo

“La Teoría de la Relatividad no es más que un montón de estiércol envuelto en un vistoso celofán de matemáticas” (Nikola Tesla)


El método científico demanda que para que una teoría sea aceptada como válida tiene que ser comprobada y observable.

En materia de Cosmología, la ciencia humana hace aguas por todos lados, porque lo que se asevera como verdades no han sido comprobadas. Sin embargo, presentan sus teorías como verdades incuestionables.

Esto pasa, no sólo en el mundo con sus teorías, especialmente la de la evolución, sino también en la Iglesia, con la teoría del Creacionismo, y sus ramas, nunca comprobadas científicamente.

Quienes siguen el creacionismo clásico o literal nunca van a pretender concretar de manera científica qué es la vida, qué es una célula, qué son las energías en el Universo, qué es la costilla de la cual vino la mujer, etc… No quieren pensar, rechazan todas las pruebas científicas, porque están metidos en sus sistemas de ideas.

Los hombres se mueven por ideas, que sacan de su sabiduría adquirida. No se mueven por los hechos, por los datos objetivos que encuentran en las cosas, en el Universo.

De esta manera, lo que ven los científicos, los hechos, son interpretados según su mentalidad, según su forma racional de entender las cosas, en un marco ideológico cerrado a la verdad.

La estructura ideológica que impone la interpretación evolucionista es el naturalismo, el cual presupone que las cosas se hicieron a sí mismas, que nunca hubo intervención divina, y que Dios jamás nos ha dado a conocer nada en relación con el pasado.

La evolución es una deducción basada en esta falsa mentalidad y abarca las siguientes ideas no probadas: La nada dio lugar a algo en un supuesto “Big Bang” o “Gran Explosión”, la materia inerte dio lugar a la vida, los organismos unicelulares dieron lugar a los multicelulares, los invertebrados dieron lugar a los vertebrados, las criaturas simiescas se convirtieron en hombres, la materia no inteligente y amoral se transformó en inteligencia y moralidad, los anhelos del hombre dieron lugar a las religiones, etc.

Esta falsa mentalidad tiene mucho éxito, porque los hombres viven en este mundo encerrados en sus filosofías, sin abrirse a lo sobrenatural. Y, si se abren, terminan, con su razón, por fabricarse su propia fe humana, una fe acomodada a su pensamiento religioso.

‘La evolución [es] una teoría universalmente aceptada no porque se pueda demostrar que es cierta por medio de evidencias lógicas y coherentes, sino porque su única alternativa, la creación especial, es claramente increíble.’ (D.M.S. Watson, ‘Adaptation’, Nature 124:233, 1929)

Pocos creen que el Universo y la vida se han originado de actos concretos de Dios.

Ni siquiera, entre los que siguen el Creacionismo, dan a Dios toda la relevancia en la Creación, porque aceptan que los seres vivos se han formado a través de un proceso evolutivo natural.

Dios ha creado todas las especies de las plantas y de los animales perfectas, sin capacidad de evolucionar en cuanto a su esencia. Son lo que son en su especie y para siempre. No pueden desarrollarse hacia otra especie. No existe el evolucionismo, sino que lo que se da en todo el Universo es la involución de todas las especies creadas por Dios, a causa del pecado. Y, por lo tanto, se da la aparición de nuevas especies que Dios no ha creado, en donde se observan mezcla de diversas especies, hibridaciones, que hacen pensar a los hombres en una clase de evolución natural.

Pero esta forma de entender la Creación nunca la van a seguir los científicos ni aquellos que lo siguen, pues ellos reconocen lo siguiente:

‘En este punto, es necesario sacar a la luz ciertos mecanismos escondidos para ilustrar la forma de trabajar de los científicos, algo que los libros de texto raramente nos confiesan. La verdad es que los científicos no son, ni mucho menos, tan objetivos ni desapasionados en su trabajo como quieren hacernos creer. La mayoría de los científicos obtienen sus ideas iniciales sobre el funcionamiento del mundo, no a través de procesos rigurosamente lógicos, sino por medio de presentimientos, intuición y corazonadas. Como individuos que son, frecuentemente llegan a creer que algo es cierto mucho antes de obtener las evidencias que puedan convencer a otra persona de que efectivamente lo es. El científico, movido por la fe en sus propias ideas y el deseo de aceptación por parte de sus colegas, trabaja durante años persuadido en su corazón de que su teoría es correcta, ingeniando un experimento tras otro para obtener unos resultados que, él espera, sirvan para favorecer su punto de vista.’ (Boyce Rensberger, Como funciona el mundo (NY: William Morrow 1986), pp. 17–18.)

La ciencia moderna no consiste en hechos objetivos que se estudian para entender el fenómeno, sino en hacer afirmaciones dogmáticas, aunque los hechos no den la razón:

‘Nos ponemos de parte de la ciencia a pesar de la clara absurdidad de algunas de sus construcciones, a pesar de su incapacidad para cumplir muchas de sus extravagantes promesas de salud y vida, a pesar de que la comunidad científica tolera historietas claramente desprovistas de base fidedigna, porque tenemos un compromiso previo, un compromiso con el materialismo. No es que los métodos e instituciones científicas, de alguna forma, nos lleven irremediablemente a aceptar la explicación materialista del mundo y sus fenómenos, sino que, por el contrario, es nuestra adhesión a priori a las causas naturales la que nos obliga a crear un aparato de investigación y un conjunto de conceptos que produzcan necesariamente explicaciones materiales, aunque estas explicaciones sean contra-intuitivas, no importa cuán incomprensibles para los no iniciados. Además, ese materialismo es un absoluto, porque no debemos permitir un Pie Divino en la puerta.’ (Richard Lewontin, Billones de billones de demonios The New York Review, 9 Enero 1997, p. 31)

Si la ciencia se cierra a Dios, entonces aparece la falsa ciencia que está por todas partes, y que las personas aprueban como verdadera. Es fácil manipular la mente de los hombres en este mundo perverso. Sólo hay que crear una ciencia, un sistema de pensamiento con un marco de referencias del cual no se puede salir. Y, dentro de ese marco, se va explicando una realidad que no es la objetiva, la real.

Los evolucionistas van en contra de los creacionistas sólo porque no entran en su juego:

‘La ciencia es fundamentalmente un juego. Un juego marcado por una regla suprema que es la siguiente: Regla #1: Veamos hasta qué punto conseguimos explicar el comportamiento del universo físico y material sin invocar lo sobrenatural, tan sólo en términos de causas puramente materiales y físicas.’ (R.E. Dickerson, J. Molecular Evolution, 34:277, 1992; Perspectives on Science and the Christian Faith 44:137–138, 1992)

Stephen Jay Gould y otros han mostrado que el propósito de Darwin era destruir la idea de un diseñador divino. Richard Dawkins aplaude la evolución, porque dice que

‘antes de Darwin era imposible ser un ateo intelectualmente satisfecho’. (R. Dawkins, El Relojero Ciego Por que la evidencia de la evolución revela un universo sin diseño (NY: W.W. Norton, 1986), p. 6)

Muchos ateos afirman serlo precisamente por causa de la evolución:

‘Como muchas personas de Alabama, yo era un cristiano nacido de nuevo. A los 15 años, entré en la iglesia Bautista del Sur con gran fervor e interés en la religión fundamentalista; la abandoné a los 17 cuando fui a la Universidad de Alabama y aprendí la teoría de la evolución.’ (E.O. Wilson, El humanista Septiembre–Noviembre 1982, p. 40)

La enseñanza de la evolución da lugar a la religión del humanismo. Y, por eso, muchos evolucionistas prominentes han suscrito el Manifiesto Humanista I (1933), cuyos dos primeros postulados son:

  1. Los humanistas religiosos consideran el universo como auto-existente y no creado.

  2. El humanismo cree que el hombre es parte de la naturaleza y que ha surgido como resultado de un proceso continuo.

Y tienen la tarea de manipular las mentes de las personas desde pequeños, en las escuelas, para hacer adeptos de su nueva religión:

‘Estoy convencido de que la batalla por el futuro de la humanidad debe lucharse y ganarse en el aula de la escuela pública por profesores que conciban su papel como proselitistas de una nueva Fe: Una religión de humanidad que reconozca y respete la chispa de lo que los teólogos llaman divinidad en cada ser humano. Estos profesores deben poseer la misma dedicación que muestra el más fanático predicador fundamentalista, pues serán ministros de otra clase, usando el aula en lugar del púlpito para transmitir valores humanistas mediante la enseñanza de cualquier tema, sin importar el nivel educativo—desde el parvulario hasta la universidad. El aula debe convertirse y se convertirá en campo de batalla entre lo viejo y lo nuevo—entre el cadáver corrupto del cristianismo, junto con todas las miserias y males que conlleva, y la nueva fe del humanismo … ‘Sin lugar a dudas será una larga, ardua, dolorosa lucha marcada por mucho sufrimiento y lágrimas, pero el humanismo saldrá triunfante. Debe triunfar pues es necesario que la familia de la humanidad sobreviva.’ (J. Dunphy, Una religios para una Nueva Era El humanista Ene-Feb 1983, pp. 23, 26, citado por Wendell R. Bird, El origen de las especia–revisitado vol. 2, p. 257)

La evolución es una religión:

‘los defensores de la evolución la proclaman como más que mera ciencia. La evolución se defiende como una ideología, como una alternativa en toda regla al cristianismo, con significado y valores morales … la evolución es una religión. Así fue la evolución en sus inicios, y así es la evolución hoy.’ (M. Ruse, Como la evolución llego a convertirse en una religión National Post, 13 Mayo 2000)

Una religión que carece de lógica, de raciocinio, pues ni siquiera ellos mismos la pueden aceptar:

‘Si el sistema solar surgió por un choque accidental, entonces la aparición de la vida orgánica en el planeta también fue un accidente, y la evolución del hombre también fue accidental. Si esto es así, entonces todos nuestros razonamientos son simplemente accidentes casuales–el resultado accidental del movimiento de los átomos. Y esto incluye también los razonamientos de los materialistas y de los astrónomos y de todos nosotros. Pero si sus pensamientos–es decir los de los materialistas y astrónomos–son simplemente productos accidentales, ¿qué motivos hay para suponer que son verdaderos? No veo ninguna razón válida para creer que un accidente pudiera provocar una explicación correcta de los otros accidentes.’ (C.S. Lewis, Dios en el banquillo de los acusados (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1970), pp. 52–53)

La ciencia, hoy día, se haya secuestrada por los intereses de los poderosos, ya con agendas políticas de control, ya con agendas económicas.

En estas agendas se construye, primero, la teoría; segundo, se hacen todos los experimentos y observaciones necesarias para probar que dicha teoría es verídica. Tercero, crean revistas especializadas para que publiquen estas teorías y enseñen que son ciertas y comprobadas, cuando sólo son teorías. Cuarto, forman una élite de eruditos con las personas que leen y creen en estas teorías, que se van a encargar de transmitirlas y repetirlas, una y otra vez, para que las personas, tomadas como masa, como borregos, las acepten fácilmente. Quinto, logran el objetivo: propagar una falsa idea con el sólo fin de desviar la verdad, ocultarla, negarla.

A las personas se les ha acostumbrado a que se les dé ya completa y digerida la información, a que se les diga qué es la realidad, qué es la verdad, qué es la mentira, cómo hay que pensar, qué es lo moral y lo inmoral. Esto es propio del mundo dominado por la mentira, en donde no hay que enseñar la verdad, no hay que mostrar el camino, sino que hay que imponer una idea, un estilo de vida, una forma de obrar entre los hombres, en la sociedad. Esto es comunísimo, incluso entre los católicos.

A las personas se les ha enseñado a no pensar por sí mismos y a esperar que un hombre social o eclesiásticamente aceptado sea el que dé a conocer la verdad oficialmente.

La ciencia de este mundo es de naturaleza materialista y reduccionista. Sólo se fija en el Universo como materia. Y pretende explicar todos los fenómenos que ocurren en ese Universo sin atender a lo invisible, a lo inmaterial, que el hombre no puede ver a causa de su manipulación en la vista, con la cual se le ha quitado una lente en sus ojos físicos, lente espiritual, que le permitía naturalmente ver la realidad de las cosas como son, con todas sus características, visibles e invisibles.

Por lo tanto, todas las ciencias humanas caen en el mismo error: querer definir el origen de las cosas sin atender a su plenitud, sin verlas completamente. Y, entonces, esas ciencias humanas se vuelven engañosas y sólo dan oscuridad, no luz al entendimiento.

De las ciencias humanas sólo hay que rescatar la verdad que encuentran en la materia, una vez la estudian con objetividad. Lo demás, hay que desecharlo para impedir que el pensamiento quede estancado en una forma de concebir la vida.

La teología católica ha quedado estancada en ella misma, porque acaba explicando que algo es la consecuencia de sus partes; por ejemplo, el hombre es la consecuencia del alma y del cuerpo. Y, en este reduccionismo, no es capaz de ver la realidad: hay hombres que no tienen alma, que son seres biológicos. Y hay almas que han elegido no encarnarse, no formar parte del ser humano.

Un ser vivo no es como la razón lo explica o una teoría lo presupone. Un ser vivo se explica por su comportamiento, por su obra, por su origen en la vida. Si no se atiende, en el estudio, a estas cosas, entonces se hacen teorías que construyen una mentalidad que encierra a las personas en sus juicios propios y que les impide evolucionar espiritualmente.

Son muchos los que se han creado sus propios sistemas de creencias. Dedican toda su vida, sus energías, su tiempo, su dinero, en ello. Y no son capaces de asimilar lo nuevo, porque ven lo nuevo como una afrenta o un ataque a su integridad personal, a su respetado pensamiento, a su afamada posición social o a su supervivencia. Los sacerdotes callan sobre ciertos postulados que se dan en la teología como verdaderos, siendo falsos, porque no quieren quedarse sin comer o en la calle. Oponerse a lo oficialmente establecido es durísimo, no sólo en la Iglesia, sino también en el mundo.

La ciencia moderna no está basada en la búsqueda de la verdad, sino que persigue ideas que validen teorías impuestas.

El método científico funciona bien para describir el mundo físico, pero deja de funcionar cuando algo es invisible, inmaterial, no observable por los sentidos.

La ciencia moderna se ha convertido en otra religión, en un dogma, en donde cualquier cosa, primero, debe ser aceptada por la autoridad competente, los científicos socialmente reconocidos, después, los demás tienen que acatar lo que ellos dicten e impongan como verdadero. Y, por eso, las personas ya están condicionadas a creer que si algo no está científicamente comprobado, entonces no es real, no existe. Y aquellos científicos que independientemente llegan a resultados totalmente opuestos a la ciencia oficial, sencillamente o se los quita de en medio, o se les mete en un manicomio, o se les desacredita y ridiculizan socialmente.

La ciencia moderna reduce a todo a tres aspectos:

  1. Nada existe fuera de lo material y observable;

  2. Se analiza un ser por la suma de sus partes;

  3. Todos los eventos y toda acción, también la humana, tienen como causa algo externo a la voluntad del individuo o a la conciencia del ser.

Por lo tanto, la ciencia moderna se resume sólo en el materialismo, en ver la vida sólo como materia, y la imposibilidad, para el pensamiento científico, de incorporar aspectos espirituales y no materiales a su método, a su sistema de creencias, derivando la ciencia y su método hacia una auténtica abominación, tanto en su lógica, como en su forma de obrar con los individuos. Determinándola y encerrándola en lo material, en lo económico, en lo insustancial de la vida. Haciendo de la ciencia un sistema irracional de entender el mundo y sus problemas.