La Tierra es una célula viviente

La Tierra es una célula viviente

Para comprender esta verdad es necesario que el pensamiento evolucione y, por lo tanto, hay que desprenderse de lo que la filosofía y teología tradicional han enseñado sobre ciertos aspectos. Si no se hace esto, es imposible entender la Revelación de Dios sobre la Creación.

1. ¿Qué es un ser vivo? Aquel que tiene conciencia, un conocimiento de sí. Ese conocimiento no significa algo intelectual, sino una obra, una ejecución, una perfección que realiza ese ser vivo.

La filosofía católica percibe la Tierra como la unión de muchos objetos, todos ellos vinculados de alguna manera a la Tierra para formar un uno per accidens.

Por lo tanto, la tierra es, para estos pensadores, un conjunto de cosas: polvo (tierra), agua (mar, ríos), aire (cielo, éter), fuego (núcleo de la tierra). Estas cosas están unidas entre sí de alguna manera, pero son independientes unas de otras. Forman un todo con la Tierra, pero no pertenecen a la Tierra, a su naturaleza, no forman un uno per se.

Estas cosas, como la Tierra, son cuerpos, unos elementales, como el hidrógenos, oxígeno, etc..; otros mixtos, como el agua, el aire, etc… Son cuerpos, son materia, moléculas, no son alma, no hay vida en ellos, no tienen conciencia de sí.

Para Santo Tomás son vivientes los seres que según su naturaleza les conviene moverse a sí mismos para obrar. El vivir es, en sí mismo, un nivel de perfección en el ser, por lo que sólo se puede dar razon de él por el modo en que el ser viviente participa del ser(1).

Un átomo de hidrógeno no es sólo una materia, un cuerpo elemental, un elemento químico. El átomo tiene un núcleo, un protón, y un electrón que gira de forma ordenada alrededor de él. Ese movimiento organizado es la vida para ese átomo. Y ese átomo sólo puede dar razón de su vida, de su conciencia, por el modo como el electrón gira en torno al protón. El electrón es el polo negativo, el protón es el positivo. El electrón no puede existir sin el protón. Existe para que el polo positivo, el protón, multiplique en sí la energía que recibe del electrón. Por lo tanto, el átomo tiene una vida en sí mismo, una vida que no depende de algo externo, de una física o química que actúe externamente en el átomo para mover al electrón. El átomo no se mueve por otro, sino que obra por sí mismo, con su protón y su electrón. Esa vida del átomo es muy simple. Es una energía constante, ordenada, con un fín en sí misma, que ejecuta lo que es, la energía simple que produce.

El átomo es una energía. Y la energía ni se crea ni se destruye, sino que se transforma.

Para los filósofos clásicos, el átomo de hidrógeno -y los demás elementos- no es un sistema estable, homogeneo, ya que el electrón, al moverse, iría perdiendo energía y velocidad. Y, al final, el electrón se caería sobre el núcleo atómico. Pero los filósofos clásicos no sabían explicar por qué el átomo de hidrógeno seguía estable, aunque emitiera y perdiera energía. Es una energía que, dándose, no se pierde, no se desintegra, sino que es constante.

Los científicos han llegado a comprobar, en la física cuántica, que el electrón del átomo del hidrógeno, según la energía que tenga, pasa a un nivel o a otro. Si el electrón absorbe energía, el átomo pasa a un nivel superior y se produce una forma distinta del átomo del hidrógeno, se vuelve el átomo una clase de materia específica.

De esta manera, se dice que el átomo tiene una conciencia, un conocimiento de sí mismo, que es su vida, muy simple, pero estable, permanente, pero que puede evolucionar. Esa vida que consiste en producir energía, energía muy simple, no se agota, sino que tiene capacidad de subir de nivel, absorbiendo energía, transformando la energía. Cuando el ser, en su conciencia, absorbe energía se vuelve materia. Es lo que hacen los espíritus cuando quieren materializarse, cuando quieren ser visibles: absorben energía.

2. Existe la vida que viene del alma, que tiene como principio vital al alma. Pero también existe la vida que tiene como principio el espíritu. Y se da la vida cuyo principio es una conciencia del ser.

Estos filósofos no pueden contemplar a la Tierra como un ser viviente, puesto que relacionan la vida con un alma, ya intelectiva, sensitiva o vegetativa. Y la vida, fuera de estas tres cosas, no existe para ellos. Los átomos, las células, etc… no son organismos vivos, con una conciencia, sino materia, elementos químicos, estructuras moleculares complejas. También niegan que la Tierra sea una substancia homogénea, es decir, un ser que se mantenga por sí mismo, sin ayuda de otro, formado por diversos elementos comunes a su naturaleza. El mundo, para ellos, lo mantienen otras energías, como el sol, la luna, las estrellas, etc.

La confusión de estos pensadores está en relacionar la vida sólo con el alma. Si no existe el alma como principio vital de un cuerpo, ese cuerpo, esa materia, esa energía no indica una clase de vida. Pero, para los filósofos modernos, el problema es otro: es ver, descubrir, cómo evoluciona la materia hacia la vida, la evolución de las especies. Tampoco comprenden lo que es la vida.

El primer grado de vida es aquella que el ser ejecuta lo que obra. Aquí, hay muchos niveles: átomos, bacterías, protozoos, células, plantas…

Si sólo se considera como ser vivo a la planta, alma vegetativa, entonces, lo que hay en ella, sus células, organizadas en téjidos y órganos, no podrían subsistir por la sola vida que posea la planta. La planta acabaría muriendo, porque sus células no están vivas, no tienen vida por sí mismas, no se regeneran, sino que la reciben de otro, de la vida de la planta. Y habría que preguntarse cómo la planta alimenta sus células, cómo les dona la vida, cómo las hace vivir si no tienen vida. Muchos filósofos modernos caen en el error al responder a estas preguntas de la siguiente forma: la vida viene de donde no hay vida. ¿De donde viene la vida? De lo no vivo, en el momento en que dentro de todo el caos, lo no vivo empieza a estructurarse, de cierta forma organizarse, y a mantener esta organización, entonces empieza a formar vida.

Gravísimo error. Para formar la vida es necesario que exista la vida en su principio más elemental, más simple. Porque donde no hay vida es imposible que la unión de elementos químicos produzca la vida. Y, por eso, la medicina que se basa sólo en lo químico, en los medicamentos hechos en un laboratorio, no producen la vida, no sanan un cuerpo enfermo. La química no es un organismo vivo. Pero el átomo es un ser vivo. El átomo no es química, sino energía. Y la energía es vida.

La planta no viene por un orden que los átomos, moléculas y células producen por sí mismos, sino por un ser inteligente -Dios- que los ha ordenado, de manera inteligente, para tener la esencia de la planta. Y ha ordenado seres vivos para obtener otro ser vivo diferente en esencia. Es la Inteligencia que actúa sobre los subátomos, átomos, estructuras moleculares, células, para materializar una vida, para crear una vida diferente en su especie a la vida en su termino más simple.

Lo que obra una planta no es lo que obra la célula. La planta está llena de células, pero su vida es diferente a la de la célula. Y, por lo tanto, la conciencia de la planta difiere de la conciencia del átomo o de la célula, porque tienen conocimientos de sí mismos según lo que son, lo que ejecutan, lo que obran. Una planta es para alimentar, esa es su obra, su conciencia, su vida. Un átomo es para dar energía, producir energía.

El segundo grado de vida corresponde a los animales, los cuales no sólo ejecutan lo que son, sino que tienen autonomía en su obrar. Autonomía que no significa libertad.

El tercer grado corresponde al hombre, el cual tiene inteligencia para medir lo que obra. Posee libertad.

El grado supremo es el de Dios, el cual todo lo gobierna sin necesidad de nadie.

Los seres vivos se conocen por sus obras.

El agua se conoce por lo que obran los atómos de hidrógeno y de oxígeno. El agua es un organismo vivo, un ser vivo, que tiene conciencia. El agua es el principio de la vida. La vida comenzó en las aguas. El mar es una Dimensión.

3. ¿Qué es una Dimensión? Dios crea, primero, las Dimensiones, no el Universo. En Dios no se da la dualidad entre cuerpo y espíritu, entre lo que es materia y lo inmaterial. En Dios la materia procede del Espíritu. El Espíritu manifiesta la materia.

Dios ha creado «los Cielos y la Tierra». Los Cielos no hay que entenderlos como el cosmos, el Universo. La teología católica suele reducir su discurso con el pensamiento de que los hebreos, al carecer del vocablo equivalente al cielo, usan su vocablo cosmos como el sumario de todo aquello que después se va narrando en el primer capítulo del Génesis. Esta síntesis produce grave daño a la fe, porque la Palabra de Dios no es para interpretarla con la razón humana, sino para profundizarla con la ayuda del Espíritu. Los católicos, que se creen sabios y justos porque están en la Iglesia que fundó Cristo, son los que menos entienden la Sagrada Escritura, porque se dedican a medirla con sus inteligencias. Ponen límites a la Palabra de Dios. Y, por eso, les cuesta entender cómo Dios ha creado todo.

Dios crea primero los Cielos. Los Cielos son las Dimensiones.

La Dimensión no es un espacio, un lugar en el Universo. Porque el espacio en realidad no existe.

Lo que existe es el estado de la conciencia del ser que ha hecho conocimiento de sí. Ese estado se representa por la Dimensión.

Estado de la conciencia del ser vivo. Luego, no hay Dimensiones sin seres vivos. Y, por lo tanto, Dios, al crear las Dimensiones, debe crear una jerarquía de seres. Seres que van a estar en las diversas Dimensiones, de acuerdo a sus conciencias, a sus conocimientos de sí mismos.

Ese estado de conciencia es evolutivo, no es permanente, no es para siempre, anclado en una forma de conocimiento. Según se va evolucionando en la conciencia, así se pasa a una Dimensión o a otra.

Por eso, la obra del demonio en la manipulación del ADN humano consiste en dejar al hombre en una forma de conocimiento, que le sea imposible salir de esa forma, que se quede fijo en esa mentalidad. Y así nace la soberbia, su pecado. Y el hombre es soberbio desde que nace hasta que muere. La única forma de salir de la soberbia es con la evolución del pensamiento, el cambio de mentalidad, el acto de fe. Hay que dejar la forma de pensar propia de una humanidad atada a lo material, a la Dimension tercera, porque el hombre no ha sido creado para esta Dimensión, sino para otras. El hombre, evolucionando en su conciencia, en el conocimiento de sí, el cual es intelectual, no es vegetatvo, no es sentimental, no es sensible, debe pasar a otra Dimensión. Por eso, si el hombre, cuando muere, no ha evolucionado en su pensamiento, pasa a la Dimensión del Purgatorio, o del Infierno. Porque, necesariamente, el estado de conciencia que el ser tiene en una Dimensión es evolutivo. Si el ser se estanca en la evolución del pensamiento, el ser baja de nivel, pasa a una Dimensión que lo embrutece y que lo puede aniquilar o transformar en otra cosa aborrecible.

Caín se embruteció y llegó a ser una bestia con las bestias. Se degradó. No evolucionó en su pensamiento.

El ser que se conoce a sí mismo vive en una Dimensión concreta, en un lugar verdadero, en donde hay vida verdadera y real.

En cada Dimensión hay vida. No existe una Dimensión sin vida verdadera y real.

Dios creó los Cielos: el primer Cielo, el segundo Cielo…el séptimo Cielo, etc… Y, en cada cielo, unos seres, que se conocen a sí mismos, y que están hechos para esa Dimensión. Pueden pasar a otra Dimensión, moverse de una Dimensión a otra, porque hay niveles, tanto superiores como inferiores.

Dios ha creado los Cielos, es decir, las dimensiones y los distintos seres: espíritus puros, almas y otros seres desconocidos para los hombres, capaces de materializarse, de transformar la energía de los átomos y moléculas y así poseer un cuerpo, tener un cuerpo.

Y, después de los Cielos, de las Dimensiones, Dios ha creado la Tierra. No ha creado el Universo, ni los Planetas, ni los Sistemas Solares. Sólo creó la Tierra en el último lugar de la jerarquía de los seres vivos, como un ser vivo, como una célula que tiene vida, como un organismo que tiene autonomía propia, que no depende de otro para existir, para moverse, para obrar.

Ningún organismo es un ser vivo si no tiene al menos una célula.

Los científicos que quieren buscar el origen de la vida en la evolución, entienden la vida como una tendencia misteriosa de la materia a asociarse, a organizarse, a ser más compleja. Y esta forma de pensamiento no les permite ver que en la célula está toda la vida, ya ordenada. En la Tierra que Dios ha creado ahí está toda la vida.

Es una vida todavía en confusión, no ordenada: «La Tierra estaba confusa y vacía…», porque le faltaba la perfección de su ser. Pero es una Tierra viva. Y en Ella todo va a nacer y todo va a morir. Y todo se va a renovar según un ciclo continúo.

Dios, en la Creación, va a ordenar la vida de la Tierra. La va a poner en una Dimensión y le va a dar una obra que tiene que realizar de Dimensión en Dimensión.

La Tierra posee una naturaleza transDimensional, es decir, su conciencia, su vida, evoluciona de Dimensión en Dimensión.

No hay que buscar la vida en la evolución de la materia a la vida. No hay que disociar materia y vida. Todo es uno en Dios.

Dios ha creado la Tierra como una célula, como un organismo vivo, como una substancia homogénea, con un núcleo con sus cromosomas, que portan el ADN. La Tierra posee una conciencia y un movimiento propios.

La Tierra no es una roca inerte, que obedece a factores físicos, como la energía del sol o de la luna artificial.

Todo ser vivo tiene una conciencia, es decir, un conocimiento de sí mismo. Tanto las bacterías, como los protozoos, los animales, las plantas, son seres vivos, formados por una o muchas células, y cada uno con su conciencia, con su conocimiento.

La conciencia que tiene la planta de sí misma no es un conocimiento intelectual, porque su vida no es la inteligencia. La conciencia de la Tierra no es inteligencia, sino que es su obra: ser madre de todo lo Creado. Dar la vida a los demás Planetas, que son también enormes células vivientes. No son pedazos de roca puestos en el Universo. Cada Planeta tiene vida en sí mismo, y da la vida a aquellos seres que viven en Él.

Decir que la Tierra es un ser vivo no es decir que la substancia de la tierra sea Dios, como quieren los panteistas. Ni tampoco significa que la tierra sea una especie animal o que tenga un alma sensible o intelectual, como decía Aristóteles, Platón y algunos Santos Padres, como San Jerónimo y, al principio, Santo Tomás de Aquino.

La Tierra es un ser vivo porque realiza una perfección que nadie puede obrar sino Ella. Perfeccion dada por Dios cuando la creó.

Todas estas cosas son difíciles de asimilar para la mente de los hombres, que están habituados a las mentiras, a las formas de pensar, a los adoctrinamientos que los filósofos, teólogos, científicos, constantemente propugnan.

Para dar sentido a la vida hay que buscar la verdad que da ese sentido. Si el hombre se acomoda a su estilo de vida, que viene de su forma de pensar, de su modelo racional, el hombre, hará muchas cosas en la vida, pero se perderá en todas ellas, se deformará en ellas y habrá vivido un gran engaño en su vida.

Notas:

  1. [cf. Santo Tomas, Summa Theologiae, I, q. 18, a. 3 ]