La vida es una dimensión


La vida es una dimensión


Para la filosofía cristiana la vida no se encuentra más que en los seres organizados, es decir, en los seres dotados, al menos, de una vida psíquica, como son el hombre, los animales y las plantas. En los demás seres, es a saber, los órganos, tejidos, células, átomos, etc…, no está la vida. Tienen actividades vitales, pero carecen de la vida, porque esos organismos no pueden organizarse a sí mismos de forma inteligente. Son cuerpos no organizados por un principio vital.

Para estos pensadores, las células, que se van multiplicando hasta formar tejidos y órganos, no pueden hacerlo por sí mismas, sino que tienen que moverse por otro, por un alma que les dé la vida y los ordene. De esta manera, para la mayoría de los teólogos católicos, la sangre del cuerpo, si no está animada por el alma, no tiene vida, o las células del cuerpo, si no están unidas al alma, carecen de vida.

En otras palabras, la muerte física, que es la separación entre el alma y el cuerpo físico, deja al cuerpo, su sangre, sus células, sus tejidos, órganos, sin vida. Es decir, como un conjunto de órganos, los cuales ninguno de ellos puede moverse a sí mismo según su propia naturaleza: las células en la sangre ya no operan, ya no es posible que se regeneren, porque no tienen la vida que viene del alma, no tienen al alma como principio vital.

Considerar al alma como el principio de la vida natural de un cuerpo físico es un error propio de la inteligencia que estudia la vida como materia.

Dios, antes de los seis Días de la Creación, en el Principio, cuando saca fuera de Sí Mismo Su Obra Creadora, crea la vida que no está hecha de materia, como son las dimensiones, los seres cósmicos, los espíritus, las almas, el agua, el viento, el mar, los átomos… Ningún científico puede comprender cómo Dios creó estos elementos. El científico sólo encuentra lo que ya existe. Cuando el científico quiere explicar, interpretar, desvelar el origen de la vida con su razón, se convierte en un falso científico, que engaña a muchos con su falsa ciencia. El mundo está lleno de falsos científicos, porque la misión de un científico no es descifrar el origen de la vida, sino la de constatar que existe la vida. Y, por lo tanto, la de aplicar ese conocimiento a su propia vida.

El agua es una vida que no viene de la materia. El agua se materializa, y aparece el líquido, o se desmaterializa, convirtiéndose en vapor. El agua sigue siendo agua, pero ha cambiado su forma de vida. El agua pasa de una forma a otra por la energía que se aplica. Ni en la ebullición ni en la condensación, la substancia del agua se pierde, porque no es materia, no está hecha de la materia. En el agua hay vida: no necesita de un principio vital para ser agua. No necesita de un alma que la ordene. Ya está ordenada en sí misma. Se mueve por sí misma. Hace lo que tiene que hacer y de una manera ordenada. No se resquebraja, no involuciona, no pierde ni su existencia ni su substancia. El agua pasa de una forma a otra mediante la energía.

Si el agua no se ve de esta manera, como algo inmaterial, sino como materia que se aniquila cuando se transforma por la energía, entonces no se puede comprender que el mar sea una dimensión, una vida, una forma de vida, en la que viven seres que no se ven, que no están hechos de materia, que se pueden materializar y desmaterializar, y que obran lo que son en esa forma de vida.

¿Qué es la vida?

La vida es una dimensión.

¿Qué es una dimensión?

La dimensión no es un punto o línea, ni el área de una superficie, ni un volumen. Quien considere la dimensión como medible, un conjunto de puntos, de líneas, espacios tridimensionales, como algo extenso, físico, material, entonces dirá, como enseña la filosofía y la teología católicas, que es imposible que existan espacios de muchas dimensiones, porque tanto la línea, como la superficie y el volumen ya quedan determinados allí donde se encuentren. Podrán moverse de un sitio a otro, pero no pueden desaparecer, y no puede darse la existencia de otro espacio inmaterial, invisible, dentro de una línea, superficie o volumen.

La mayoría de las personas sólo comprende la dimensión como hecha de materia. Y estamos hablando de la dimensión no hecha de materia, la dimensión inmaterial.

Los cielos son una dimensión no hecha de materia. El cielo no tiene substancia material, porque es una vida no material. Vemos lo que podemos ver, y es bien poco, a causa de la manipulación de la vista. Pero en el cielo hay otras cosas inmateriales, que están ahí y que son esenciales para el Universo.

La vida, en su principio, es algo no material, no hecha de materia. Un alma no está hecha de materia, pero puede encarnarse, estar en una materia, interactuar con la materia. En ningún de estos casos la vida del alma es principio de ninguna materia.

Cada ser tiene su vida propia: el alma, la célula, el agua, el átomo, el aire… Pueden estar juntos, pero si se separan cada uno sigue con su vida propia.

Jesús murió realmente, una muerte física, es decir, se produjo la separación entre alma espiritual y cuerpo físico.

El cuerpo físico de Jesús es distinto del cuerpo de los hombres, porque no está ni hibridado ni manipulado, a causa del pecado original dado en la naturaleza humana. Es un cuerpo con una vida distinta al cuerpo de los mortales.

La muerte de Jesús fue real, pero las células de su cuerpo físico seguían en movimiento, se auto regeneraban allí donde ya no había vida como hombre, pero sí vida como ser vivo. Era un cuerpo muerto, pero sus células vivían por sí mismas.

El cuerpo, por sí mismo, no tiene vida, porque está hecho de materia. Y la materia necesita un motor para moverse, para tener una forma de vida. Pero la célula no está hecha de materia. Es una vida no material que se materializa. Es una vida que absorbe Vida, como se produce en la Eucaristía, en donde las células retienen la Sangre de Jesús y regeneran genéticamente al hombre.

Pero, en el cuerpo muerto de Jesús, hay células que no están muertas, que permanecen vivas, porque ellas poseen una vida no material, no hecha de materia. Y aunque el recipiente en donde están, el cuerpo físico, ya no tenga vida, ya no se mueva, la vida no se pierde en ellas, porque no dependen del cuerpo, de la materia, para vivir. Ni del alma, que ya no está. Dependen, sí, de una serie de condiciones ambientales para que la vida permanezca siendo lo que es. Si se dan esas condiciones, entonces hay vida en el sepulcro, una forma de vida en las células dentro del cuerpo, aunque el cuerpo esté muerto.

En la Resurrección, cuando el Alma y el Espíritu entran en ese cuerpo, éste toma una nueva forma de vida, entra en otra dimensión. Ese Cuerpo Glorioso ya puede desmaterializarse y materializarse, como hace el agua, el viento, los seres cósmicos.

Y esto no es por el Poder Divino, que es sólo un reduccionismo de los teólogos al no saber explicar cómo el Cuerpo de Jesús se hace invisible, o cómo María Magdalena no es capaz de reconocerle al principio.

Ese Cuerpo Glorioso tiene una vida que no depende de la materia. Y, con esa vida, que es independiente de la vida que tiene el Alma y la vida que tiene el Espíritu, puede por sí misma hacerse visible o invisible. Es el poder de la vida, diferente al Poder de Dios.

La vida es una dimensión, es decir, un ciclo de existencia, en donde el ser adquiere una conciencia, con la cual se conoce a sí mismo, conoce lo que es y, por tanto, obra lo que es.

La vida es una obra. Pero una obra que viene de un conocimiento. No de cualquier conocimiento. No se trata de leer libros, de estudiar en una Universidad, ni de ser muy letrado o versado en muchas cosas. Se trata de obrar ese conocimiento que colma la existencia de un ser.

Para llegar a este conocimiento es necesario la búsqueda de la verdad. Sin esta búsqueda el ser no evoluciona, su conciencia está en un estado muy bajo, en un nivel que le impide moverse hacia su centro.

Este es el estado habitual de la tercera dimensión en la cual se encuentra el hombre, a causa del pecado original.

En esta dimensión los hombres viven materializados, metidos en la materia, esclavos de ella, contemplando la vida sólo con ojos físicos, materiales.

Los científicos estudian la materia de una planta, pero no estudian lo que no se ve de la planta, porque sencillamente no lo ven.

Las personas sólo creen lo que científicamente está demostrado por la razón, pero no creen en lo que no se ve, en lo invisible, si no lo palpan o sienten de alguna manera, como es, por ejemplo, el viento. Y, después, razonan sobre la esencia del viento sólo materialmente. No llegan a más, porque su cerebro está limitado, manipulado, encerrado en una serie de ideas que deben contemplar para no volverse locos.

Los sacerdotes son los nuevos fariseos, con sus reglas, sus ciencias teológicas, sus falsas interpretaciones de la Sagrada Escritura, hacen que los fieles estén en la Iglesia sin pensar que hay algo más que lo que enseña la Iglesia en su magisterio, acomodarlos a una forma de mentalidad que la siga todo el mundo. Ellos deciden quién es justo y quién no, deciden lo que los fieles tienen que creer o no, miden con sus inteligencias la fe de los demás, y hacen de los misterios divinos un coto cerrado, exclusivo para una élite elegida por ellos mismos. No creen porque viven metidos en sus inteligencias humanas. E impiden al Rebaño buscar la verdad.

Esto es la tercera dimensión: vivir anclados en unos juicios propios que impiden la evolución del pensamiento y, por lo tanto, la evolución de la conciencia del ser, la cual no llega a ese conocimiento de sí mismo, sino que se queda en múltiples conocimientos que no sabe obrar.

Las personas, en esta dimensión en la que estamos, miden sus vidas de acuerdo a muchas cosas: dinero, cultura, política, arte, filosofía, teología… Y según esas ideas o sentimientos obran en la vida. Pero obran y se quedan vacíos en lo que obran. Obran porque quieren conseguir o dinero, o fama, o sabiduría, o un poder humano, etc… Pero no obran porque hayan encontrado una verdad que les colme.

Las personas, en esta dimensión tercera, no buscan naturalmente la verdad, porque la verdad es algo inmaterial. Y esta dimensión se caracteriza por ser sólo material, en donde se impide, por la manipulación, toda vida espiritual.

Y, por lo tanto, todas las personas ven la vida como materia, en la materia, desde la materia, por la materia. Pero no ven la vida fuera de lo material, en su dimensión espiritual, inmaterial, invisible. No planean su vida para conseguir un objetivo que sea inmaterial o espiritual. Todos viven su vida para algo material. Y una vez que lo consiguen quedan anclados, fijados, adormilados, en eso material.

Por eso, un rico que ha puesto como objetivo de su vida conseguir una riqueza material, no podrá salvarse, porque ha quedado fijo en su riqueza, que es su vida, su forma de vivir, su forma de mentalidad. Un rico contempla la vida, piensa la vida, organiza su vida de acuerdo a su riqueza, a su bien material.

La vida material es una dimensión: la tercera, manipulada en varias formas. Es la que genera hombres soberbios, desde que nacen hasta que mueren. Hombres metidos en sus inteligencias y que todo lo explican, aun las cosas divinas, con sus inteligencias.

Para salir de esta dimensión, creada por el demonio para destruir al hombre, es necesario la Gracia y el Espíritu. No hace falta más, porque todo lo demás está viciado en esta dimensión.

La vida es una dimensión. Y la dimensión es un ciclo de existencia. En la tercera dimensión, se ha manipulado la vida para que los hombres vivan un determinado número de años, en un tiempo limitado, que en realidad no existe. Es un tiempo que es un ciclo de vida corto en donde hay que conseguir el conocimiento de sí mismo, ese conocimiento que llena la vida, que le da sentido. Y, para eso, es necesario la búsqueda de la verdad. Es decir, no estancarse en viejas mentalidades, formas de pensar la vida, rutinas, tradiciones que ya no sirven, culturas que sólo traen la vanidad a las mentes, costumbres llenas de pecados.

Hoy las personas viven inmersas en lo que dicen los medios de comunicación o los políticos de turno, o sus sacerdotes o teólogos, pero no buscan la verdad. La humanidad está borracha de sus ideas, de sus lenguajes, de sus conceptos. Borracha, fijada, estancada, manipulada.

La verdad no se encuentra en el mundo ni en sus formas. Y tampoco está en la ciencia de los hombres, ni en sus tecnologías. Y menos en la filosofía ni teología, amasadas por la soberbia de muchos. La verdad no está en la mente de ningún hombre. Y no viene con la riqueza ni con la pobreza.

La verdad es una Persona Divina, Jesús, en la que muchos creen sólo por conveniencia. Porque les conviene, es algo que se ajusta, de alguna manera, a su forma de vida. Y, en esta conveniencia, acomodan las cosas espirituales a su forma de vida. Quieren llenar un hueco, ese que les sobra, después de haber trabajado en sus cosas materiales.

La forma de vivir de cada uno es una propia dimensión o nivel de vida en la dimensión tercera. Cada dimensión tiene sus niveles propios de existencias. En el nivel en que cada uno ha hecho conocimiento de su obra, se va a quedar de forma permanente, porque en esta dimensión tercera no es posible naturalmente evolucionar en el pensamiento. La gente se queda fija en su pensamiento, anclada, obtusa, creyendo que su forma de pensar o de ver la vida es la mejor de todas.

En esta dimensión, Dios tiene que Revelarse para hacer que el hombre despierte. Si Dios no hablara a cada alma, las personas seguirían dormidas, meciéndose en sus ideas, en sus fantasías, por toda la eternidad. No saldrían de sus soberbias, porque sus ideas son el centro de vida.

Dios creó las dimensiones como formas de vida, como obras perfectas que debía realizar el ser en su perfección.

Dios ha creado un mundo perfecto. El pecado ha producido la involución de la Creación, ha convertido el mundo en algo imperfecto.

Dios puso el Planeta tierra en una dimensión, en una vida en donde todavía no era posible la vida material, porque no existía el Sol, que es el elemento más importante que existe, pues sin él no puede haber vida en el mundo. Y, después, ese Planeta Tierra entró en otra dimensión, en la del Paraíso, en donde estaba el ser más perfecto, el hombre, para obrar la obra más perfecta de todas, que es crear vida, engendrar vida.

Por el pecado original, la Tierra y todos sus habitantes bajaron de dimensión, porque ya no les interesó hacer la obra que diera sentido a sus vidas, sino que se dedicaron a hacer otras obras, que llenan sus niveles de vida, pero no la de la dimensión a la que pertenecen.

Cuando el hombre se dedica, en la dimensión tercera, en la cual se encuentra, a vivir su vida como su entendimiento le da a entender, entonces su conciencia no evoluciona, no llega al conocimiento de sí mismo, a la obra perfecta, y queda estancado, fijado, en su soberbia, queda apegado a muchas cosas innecesarias, y sólo ve la vida como algo material, económico, cultural, filosófico, etc…, pero nunca espiritual. Por eso, Jesús enseña a ser santos, porque la santidad es la fuerza para transformar la vida en el mundo y que éste pase a otra dimensión, a otra forma de vida.

La tierra, que ya está despegándose de esta tercera dimensión, no pasará a la siguiente sin los santos que han comprendido para qué han venido a este mundo y que, por tanto, no se acomodan a nada que les ofrece este mundo. Les trae sin cuidado lo que ven, lo que los hombres han construido, el falso sistema montado en el dinero y las falsas ciencias.

La vida no es como te la cuenta el mundo. La vida es algo que ya traías a este mundo en la encarnación. Y que has perdido por el pecado original, y que debe ser encontrado, pese a quien pese, se rompa lo que se rompa, oponiéndose a cualquier forma de pensamiento que pretenda estancar el conocimiento en una serie de verdades que son sólo mentiras bien contruidas.

La vida no se encuadra en una estructura mental, no se apoya en una serie de pensamientos que son agradables en la vida. Quien vive pensando, colgado de sus ideas, vive una anti-vida. Una vida que se desmorona, que se embrutece, que va destruyéndose poco a poco, según la fuerza que tenga ese pensamiento. El pensamiento es una energía que puede destruir a la misma persona. Es una energía vital que mal utilizada produce todo ese desorden que vemos en el Unierso y en el Planeta Tierra. Desorden que sólo se puede quitar con la Verdad del Pensamiento, obrando esa Verdad para hacer que la Vida sea una obra perfecta, una obra que levante un mundo perfecto.